La guerra civil del Congo acabó con la vida de 10.000 personas entre 1997 y el 2002 solo en la ciudad capital de Brazaville*. El grupo Sendero Luminoso asesinó a 11.021 personas en Perú de 1980 al 2000**. En el Sahara Occidental el conflicto independentista dejó 15.000 muertos entre 1975 y 1991.
En Cali fueron asesinadas 26.687 personas entre el 2001 y 2015.¿Cómo llegamos a esa cifra aterradora? Esta es la historia.
Es como si toda la población de municipios como Ginebra o Andalucía desapareciera. Esta cifra, 26.687 personas asesinadas en 15 años, convirtió a Cali en una de las ciudades con más homicidios en el mundo.
La radiografía de los asesinatos en la ciudad evidencia una serie de realidades: la mayoría de los homicidios ocurrieron en las comunas del Distrito de Aguablanca y la ladera, que agrupan los barrios más pobres de la ciudad. Y la mayoría de los casos (un 31%) tuvo como móvil la venganza.
¿Y qué es una venganza? El Observatorio Social de la Alcaldía la clasifica como una mezcla de ajustes de cuentas o problemas entre grupos delincuenciales.
Es que esta ciudad todavía sufre las réplicas del terremoto que significó el narcotráfico, primero con el Cartel de Cali y luego con el Cartel del Norte del Valle.
Un investigador de la Sala de Análisis Criminal del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía (CTI) dice que para entender las dinámicas de los asesinatos en la ciudad durante los últimos 15 años se tienen que tener en cuenta dos grandes factores.
El primero son los rezagos de la cultura mafiosa. El segundo es el impacto de las migraciones. Cali es la ciudad receptora de desplazados y migrantes de todo el Pacífico, que llegan especialmente al Distrito de Aguablanca.
“Es una mezcla de culturas. Esas personas llegan sin dinero y sin oportunidades laborales, convirtiéndose en caldo de cultivo para los grupos delincuenciales, que son muy fuertes”, asegura la fuente. Y explica que es toda una economía criminal pues los homicidios, en este momento, no se pueden desligar de otros delitos como el microtráfico, la microextorsión o el desplazamiento forzado.
El actual comandante de la Policía Metropolitana de Cali, general Nelson Ramírez, señala que “hay comunas donde está muy marcado el tema criminal, donde no existe la cultura de la legalidad, sino todo lo contrario, y generación tras generación ven lo mismo como referente y proyecto de vida. Eso hace que los vacíos que en esas estructuras del crimen dejan las capturas de las autoridades, sean llenados rápidamente por otros. Es una cadena, un círculo vicioso que hay que cambiar para ir erradicando la problemática”.
Durante los últimos 15 años la tasa de homicidios de Cali ha fluctuado entre 57 y 91 por cada 100.000 habitantes, y ese indicador siempre ha estado por encima del de Bogotá y Medellín.
Una de las críticas constantes hacia las administraciones municipales de la capital vallecaucana es la baja inversión social y de seguridad. Del período analizado, el 2006 fue el año en el que más inversión se hizo en seguridad en Cali. Fueron, en total, $33.000 millones. Pero ese mismo año, Medellín invirtió casi el doble.
Además, en Cali no se ha hecho una inversión constante. Según los presupuestos presentados cada año por los alcaldes al Concejo Municipal, las inversiones en seguridad muestran variaciones profundas. Algunos años, incluso, llegaron apenas a los $1.000 millones.
María Isabel Gutiérrez, directora del Instituto Cisalva, una organización dedicada a analizar las dinámicas de la violencia en Cali, sostiene que el problema de la inversión tiene causas mucho más profundas.
“No existe una política clara de seguridad, ni siquiera a nivel nacional. Primero se debe hacer una política de gran envergadura y luego un trabajo de educación, de gestión y de control. Colombia nace cada cuatro años y las ciudades también. Cómo podemos mantener una trayectoria de acciones, si no hay una sostenibilidad en los programas, que trascienda cada mandato”.
Y la religiosa Alba Stella Barreto, de la Fundación Paz y Bien, quien lleva décadas trabajando con las comunidades vulnerables del oriente, explica que la violencia en la ciudad se ha enquistado por diferentes razones.
“Siempre se ha tratado de controlar es con represión policial, y en lo social no hay una intervención profunda y sostenida. Un trabajo con los jóvenes de alto riesgo no se hace en tres o cuatro meses ni dándoles un trabajo. Es un proceso de años, en el que no solo se da educación y empleo, sino que también se debe trabajar en reforzar su proyecto de vida, sus vínculos afectivos y de familia”, expresa.
Esa, según los analistas, es una de las razones por las que la violencia en Cali parece una espiral. Los homicidios tienen picos de hasta más de 2000 anuales en algunas épocas, y periodos en los que disminuyen durante unos años. Pero Cali no ha logrado bajar a menos de 1300 muertos anuales.
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